Bosque sobre Sabas Nieves.

2018.

Fotografía de José Ángel Arvelaiz Zerpa.

Caminata sonora, escucha y campanas de silencio:
Entre urbe y montaña.

Rommel Hervez

Otto Castro (comp.) | abr. 24, 2020*

​ISBN: 978-9930-9652-3-8.

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Considero que la manera de mejorar el paisaje sonoro mundial es bastante simple. Tenemos que aprender a escuchar. Pareciera que se trata de un hábito que hemos olvidado. Debemos sensibilizar el oído al milagroso mundo sonoro que nos rodea.
Murray Schafer.

Esta reflexión explora los alcances de una relación empírica e intuitiva con la montaña del Ávila[1] producto de incursiones realizadas de manera regular y ritual durante varios años. Su finalidad es la de meditar, partiendo del abordaje de una huella sonora, dos conceptos fundamentales en la vida del ser humano y  su relación con su entorno: la escucha y el silencio.


Aquí se describe y reflexiona un paisaje sonoro[2] particular que limita entre urbe y montaña: nuestro objeto de estudio está en la ciudad de Caracas, por lo que introduciremos algunos datos geográficos sobre esta metrópoli, emplazada en un valle  por sobre los 900 m.s.n.m., con una extensión aproximada de 833 km², protegida por una muralla natural (la cordillera de la Costa), separada del mar Caribe por 15 Km. Este valle tiene la particularidad de ser muy irregular, es una especie de concavidad que le da a la ciudad una forma de hoya, en la que sus avenidas, tanto las que descienden del norte, como las que descienden del sur, convergen en el rio Guaire, característica que la configura como un entramado de líneas diagonales y pocas líneas horizontales, en sus vías, dotándole de una singular sonoridad.


En ese paisaje sonoro se encuentra un sonido muy particular, el cual se origina entre el límite de la urbe y la cordillera de la costa sobre la Cota mil, una marca permanente que atraviesa lo urbano y penetra lo natural. Este sonido –al que hemos llamado enjambre neumático por su particular zumbido similar al de una masa de abejas– invade la montaña e inunda a la ciudad en una atmósfera naturalizada. Esa huella –como veremos- representa un punto de quiebre entre lo humano y lo deshumanizante, inmersivo y ensordecedor, y manifestado en gritos.


En todas partes del mundo en la actualidad el paisaje sonoro está cambiando, los sonidos están multiplicándose aun con mayor rapidez que las personas a medida que nos vamos rodeando de más y más artilugios o aparatos mecánicos. Esto ha producido un entorno más ruidoso y es cada vez más evidente que la civilización está ensordeciéndose con el ruido.[3]


El zumbido –ya naturalizado– que nos ocupa está compuesto por –y simbolizaría- todo ruido que nos posea a las personas de manera tal que no nos permita tener contacto con las sutilezas de su mundo circundante ni ser intérpretes de nuestro entorno; es un sonido que nace en el límite con el silencio (los sonidos de la naturaleza) y que nos podría poner en comunión con nuestro propio interior.


Ese zumbido –generado por el deslizamiento de las llantas de los automóviles en la autopista, atenuado o intensificado según la cantidad de autos, su velocidad y su peso, así como por la textura y humedad del pavimento- produce un paisaje sonoro envolvente en nuestras urbes del que no es fácil desligarse. La percepción de enjambre neumático se transforma en la medida que el caminante sale de la urbe y se dirige montaña arriba, tornándose cada vez menos reconocible su origen hasta cambia bruscamente cuando se suma el sonido nítido de alguna motocicleta, el despegue y aterrizaje de un avión o una ambulancia.[4] Su marca sonora,[5] cuando es escuchada desde la cima de la montaña, se percibe, finalmente, como una masa resonante, no localizable espacialmente en la concavidad del valle; da la impresión de flotar sobre éste; se deja sentir como un tono medio; crea una atmósfera monótona, casi sin disonancias, salvo por las de las cigarras y algunas aves migratorias que elevan sus cantos antes de las lluvias.
Las propuestas de R. Murray Schafer nos alertaron del aumento de la contaminación sonora e invitó a asumir una práctica de diseño y afinación del paisaje sonoro. Esa afinación se iniciaría con el acto de escuchar –sin escucha no hay posibilidad de establecer una relación reciproca con el entorno natural y de relaciones humanas, y viviríamos sumidos bajo la esclavitud del poder de un ruido, justificándolo para “progresar” sin tener en cuenta, no solo la afectación fisiológica y psíquica, sino nuestra ruptura con el entorno natural-. “¿O acaso esta sobrecarga sensorial nos conduce finalmente a un estado de sometimiento narcotizado o de derrotada desesperación? Es fácil desesperarse.”[6]


Si el ruido neumático invadiera y se hiciera parte del paisaje sonoro, dejaría de considerarse una contaminación acústica. No es sino hasta que tomamos consciencia de que es una huella del poder humano, que impide a las personas la posibilidad de sumergirse en el silencio de los bosques, que entendemos que, aunque se mimetice con lo natural, no deja de ser una contaminación. La mayoría de los citadinos tienen una dependencia casi vital con ese sonido amniótico que les arropa, como a todas las grandes urbes; esto se evidenciaría si por alguna razón fuere suspendido.


En la montaña de El Ávila hay tres maneras de atenuar o desaparecer ese ruido de autopista. La primera es mediante las paredes de árboles que bordean los senderos del lado sur; la segunda las campanas de silencio: en el camino de ascenso existe un punto sobre los 1350m.s.n.m. en el que se puede experimentar la suspensión del zumbido[7] y escuchar, en primer plano, el susurro permanente –pero que varía según la época del año- de una cascada lejana. La tercera es esperar la mañana del domingo, cuando la autopista es cerrada hasta la 1:00p.m.


Cuando se entra en esta campana de silencio, el zumbido de la ciudad se suspende dramáticamente, conmocionando a quien la experimente: abre consciencia del silencio (de la naturaleza), al cual percibimos como inquietante; detona en las personas sus ruidos internos.[8] Culturalmente no se nos enseña a hundirnos en el silencio, y esta campana nos sirve de pretexto para reflexionar –a ambos- la escucha y el silencio. Grita, en la montaña, el que no ha aprendido a escuchar, quien no ha entrado en comunión con sus propios sonidos. ¿Cómo lograrlo? 


Una posible respuesta podría ser recorrer la montaña (o cualquier ámbito natural). Esa incursión dispondría al individuo a suspender el mundo exterior para entrar en el interior, lo que le permitiría reconocer y ordenar los sonidos que albergamos y reconciliarnos con nuestro silencio, liberándose del ruido opresor que debilita al escucha. La campana de silencio suspende el ruido y permite –metafóricamente- emerger ese silencio individual que yace en el interior, y que el ser humano está urgido por experimentar.

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*Esta es una publicación gratuita. CCECR y Operaciones han liberado los derechos de este libro para usos no comerciales; se permite ampliar, ajustar, editar y traducir el contenido a través de cualquier medio de reproducción, electrónico o mecánico, siempre que el producto sea para usos no comerciales.

[1] Montaña al norte de la ciudad de Caracas, cuya máxima altura son 2740m.s.n.m.
[2] Designación para acuñada por el músico e investigador R. Murray Schafer para el campo sonoro total.
[3] Raymond Murray Schafer, Hacia una afinación del paisaje sonoro (Barcelona: Intermedio, 2013, 12-13).
[4] Cuando se recorre en ascenso la montaña venezolana. Sobre los 1000, 1050, 1300, 1600, 1800, 2000, 2400 y 2600m.s.n.m. ese sonido sufre una modificación progresiva: en la que en los niveles más bajos entre los 1000 y 1200m.s.n.m. se identifican las llantas sobre el asfalto y otros sonidos de fondo más agudos distintos a los escuchados sobre los 1300m.s.n.m.
[5] Marca geográfica o punto de referencia; sonido particular de un entorno con cualidades que se ponen de relieve de manera especial.
[6] Schafer, Hacia una afinación del paisaje sonoro. 3
[7] A unos 100m dirección norte del puesto de guardaparques Sabas Nieves, coinciden un abrupto descenso hacia la quebrada Chacaito –de un lado- y un suave ascenso hacia La Silla (apertura entre los Picos Occidental y Oriental, de 2480 y 2640). Desde este punto es posible ver la ciudad, y en dirección noroeste, descendiendo unos 30m en línea recta, encontraremos el punto en cuestión.
[8] José Ángel Arvelaiz Zerpa, acompañante de caminata y fotógrafo de la imagen que acompaña este texto, me compartió –en un correo- la siguiente descripción: “La montaña es un gran amplificador sonoro, a medida que la  ascendemos amplifica la percepción de nuestros sonidos rutinarios, extrayéndolos  de su contexto y susurrándolos desde un eco y un verdor envolvente. Si se tiene mucho ruido interno, la montaña puede amplificarlo lacerantemente, obligando a recurrir al accesorio ruido externo y la compañía de otras personas;  para así, con esta estridencia, acallar y distraer un poco más ese estrépito reverberante con que nos suele lastimar la memoria. Si se supera ese ruido interno, se adquiere un sereno y saludable silencio. En este caso, la montaña es una fuente formidable de melodías, melodías que esconden secretos. Y si se es un buen intérprete, se convierte en una experiencia trascendental de ingentes poderes y hallazgos.”