Pasado, destrucción, futuro:
hipótesis sobre «hacer espacio»

Carlos A. Segura | sept. 22, 2016

Este texto está basado en una ponencia realizada el 17 de agosto de 2016 en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Costa Rica. La exposición de apenas unos 20 minutos llevaba el mismo título y fue presentada en el marco del foro Balances, Reflexiones y Desafíos con motivo del 45° aniversario de dicha Escuela.

Gran parte del trabajo de la disciplina de la arquitectura, hoy, se dirige en dos direcciones. La primera es la de las causas, las motivaciones, los orígenes, las razones, en fin, de un conjunto de asuntos previos a la edificación; es el pasado de las arquitecturas. La segunda dirección es estrictamente proyectual: lidia irremediablemente con alguna suerte de futuro inventado para el cual se debe valer, sumar, o corregir algo. En ambos casos –tanto en las causas en el pasado como en los futuros inventados- se ha encontrado una distracción un tanto satisfactoria del objeto arquitectónico, o bien, de sus posibilidades en el presente.

Ciertamente la consideración de esta tercera dirección –la del presente fáctico- se debe realizar desprendida de toda noción de proyecto ulterior y de cualquier trabajo retroactivo, no porque se sobreponga a expectativas del porvenir o a la construcción de cimientos y justificaciones en el pasado, sino porque requiere –por necesidad- llevar la atención a otro lugar: la obra.

 

Hoy quiero examinar el trato de la obra arquitectónica, como facto, con el presente; para ello voy a intentar conducir la atención sobre 3 obras destructivas –pero muy arquitectónicas- que recupero precisamente por su enfoque en la ejecución de unas operaciones (impactar, detonar, estallar) sobre arquitecturas; estas obras son, a saber: el derrumbamiento del World Trade Center de Nueva York (2001), la destrucción del Chateau de Coucy durante la Primera Guerra Mundial y las múltiples acciones del Estado Islámico en Palmira el último año. Actualmente soy estudiante y curso mi tesis, y es desde ahí que me permito traer esta ponencia: he apreciado cómo los trabajos finales de graduación, al menos aquí, representan un enorme desgaste en justificarle el trabajo a varios fulanitos de tal; hay mucha discusión sobre los alcances, la pertinencia o los aportes del mismo, pero no así del trabajo.

En un ensayo titulado El asesinato considerado como una de las bellas artes de Thomas de Quincey anota:

«Cuando un asesinato no se explica suficientemente, la bondad de corazón no admite un  motivo sórdido en un asesinato emocionante y entonces alguno forja una historia, que el público acredita, presentando al asesino como movido por un impulso de orden más elevado». (de Quincey, 2008, pág. 113)

Creo que aquí sucede algo muy similar: hay un anhelo/presión tan grande por justificar y por sumar que impide cualquier posibilidad de apreciar lo que se está ejecutando. Voy a lanzar una pregunta de formulación muy sencilla para cerrar este largo paréntesis y recorrer las obras que propongo: ¿a qué tipo de discusión, desprendida de esos pasados y esos futuros, puede dar lugar una operación destructiva? La revisión de las 3 obras deberá ser entendida en el marco que comprende esta pregunta.

El caso del derrumbamiento del WTC es la obra principal sobre la cual quiero apoyarme. Ese 11 de septiembre dos cosas son destruidas. Hay una destrucción del objeto arquitectónico y una destrucción del símbolo. Hacer clara esta distinción legítima a esta obra destructiva como algo desprendido de un proyecto más grande o de algunos hechos históricos que la modelen, por ejemplo, la arquitectura de las torres nunca fue el objetivo de los ataques, pero la obra destructiva pasa por la arquitectura. Según Baudrillard, «en realidad, fue su derrumbamiento simbólico el causante de su derrumbamiento físico, y no al revés» (2004, pág. 19). En este sentido, la destrucción de las Torres Gemelas no podría ser entendida como una operación necesaria para la desestabilización de todo un corpus de valores occidentales, sino como un afortunado acontecimiento que hoy sirve me sirve como el caso principal sobre el cual quiero apoyarme. La caída de las torres no fue de ninguna manera utilitaria.

Ya sea un asesinato o el impacto de unos aviones en unos edificios existe la posibilidad de estudiarlos bajo sus aspectos morales, políticos e incluso religioso; creo que eso predomina. Y es sano en alguna medida. Pero al comparar una obra destructiva con otras de su misma especie también podrían reconocerse «infinitos grados de mérito» (de Quincey, 2008). En este sentido, su elaboración es soberbia; incluso se nos condujo a través de su ejecución. En palabras de Baudrillard (2004, págs. 16-17), «su destrucción misma respetó la simetría de las torres: doble agresión con pocos minutos de intervalo. Suspende entre los dos impactos. Después del primero, todavía es posible creer en un accidente. Sólo el segundo impacto confirma el acto terrorista». Pero quizás lo más destacado de esta obra esté en la preparación de los obreros –algo que no podría considerarse pasado pues no envuelve ninguna motivación-; en un período de más o menos diez años –¡diez años…!- se ejecuta una extensa lista de operaciones que abarcan desde la obtención de las visas americanas para los hijadistas, su inscripción en escuelas de aviación en Alemania y Virginia, hasta realizar su fila para abordar sus distintos vuelos, etc[1]. No voy a extender este ejemplo; el punto que quiero subrayar es que el mérito de esta obra no se limita al impacto de los aviones y al derrumbamiento de las torres –por más que puedan estremecer los videos que se fueron repetidos y repetidos en las cadenas de televisión. Hay un enorme despliegue de precisión, de cálculo y de genialidad en un procedimiento que, tras llevarse a cabo, culmina con la muerte de los operarios. Esto es algo que el compositor alemán Karlheinz Stockhausen elogia cuando se refiere al 9-11 como «la mayor obra de arte jamás ejecutada» en una entrevista a apenas una semana de su realización. Considerado un artista trascendentalista, Stockhausen le adjudica a la obra de arte la obligación de elevar al hombre. Así, la bola de fuego resultante del impacto que consume a los ejecutantes –y a una porción de los 2973 fallecidos en total ese día- también los eleva, literalmente, en una columna de humo: algo que según el compositor, él mismo «no podría realizar» (Hänggi, 2011). Si todo esto pueda ser considerado una obra de arte o no es algo que no podría atender aquí, pero el desinterés por los escombros que se infiere más atrás me permite introducir las dos obras restantes.

Como hemos visto con el WTC, particularmente desde la distinción que hace Baudrillard, a pesar de que sería desesperado adjudicarle «impulsos elevados» a las acciones, no por ello el fin de las obras destructivas está en reducir a escombros lo existente: Esta fotografía es el primer archivo donde se registra la detonación del Chateau de Coucy, un castillo escocés del año 1220 en el norte de Francia. La fotografía es tomada en abril de 1917, durante la Primera Guerra Mundial por el ejército francés tres días después de que el ejército alemán detonara la edificación y se retirara del lugar. En resumen, la fotografía no es tomada por quienes realizan la detonación. No hubo interés por los escombros por parte de los alemanes… y creo que ese desinterés está al lado de una ausencia de aspiraciones proyectuales y justificaciones.

Para apoyar mi punto, voy a rescatar un fragmento de una carta del Príncipe Rupprecht de Bavaria dirigida al General Ludendorff donde se hace mención a los planes de destruir el Chateau de Coucy. En la carta se invita al General a no destruir el castillo pues, como no ellos mismos no habían logrado encontrarle ningún uso al mismo difícilmente los franceses lo harían y su destrucción «únicamente sería un golpe a su propio prestigio» (McGarrigle, 2013). En definitiva no puede considerarse la detonación de Coucy como un acto de guerra, pues no forma parte de ninguna táctica militar.

Saltemos ahora a otra arista de Coucy. En una nota titulada Form & barbarism se dice que «se requirieron 28 toneladas de cheddite [un explosivo de la época similar a la dinamita] para explotarlo sin mejor razón que el hecho de que podían hacerlo» (Black Square, 2016). Si bien esa sin-razón propia del ejército alemán coincide con lo visto en WTC. Aquí no es posible forjar ninguna historia ni inventarse algún «impulso de orden más elevado». Más tarde las ruinas del castillo se declaran un «memorial a la barbarie» (McGarrigle, 2013). De allí el título de la nota que acabo de mencionar.

Tercera obra. Esta es una fotografía anónima –posiblemente tomada por alguien que trabaja para el Estado Islámico- donde se captura la detonación de explosivos en Palmira. Han circulado muchas imágenes de este tipo y al lado de cada una se ha catalogado de barbarie, de destrucción sin sentido, etc, etc.: algo que como hemos visto hasta ahora parece ser una de las condiciones fundamentales del trato de la arquitectura con el presente fáctico, particularmente en el caso de la obra destructiva. Todo ello me lleva a esbozar una hipótesis temprana: a 15 años –el próximo mes- de los trabajos en Nueva York, a 99 años de los propios en Francia y a apenas un año de las detonaciones por parte del Estado Islámico, podemos afirmar con seguridad que las operaciones destructivas  en arquitectura, libradas de las justificaciones y desentendidas del porvenir, díganse impactar, detonar, estallar, no son de ninguna manera ajenas a la arquitectura, al punto de comprender un corpus de referencias que parecen consolidar a la destrucción como una operación arquitectónica a la que los arquitectos estaríamos llegando tarde: hacer espacio.

 

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[1] Se ha empleado como referencia un sumario con forma de línea de tiempo elaborada a partir de noticieros como The Guardian que incluyen declaraciones emitidas por la NRO (National Reconnaissance Office). El sumario recalcado parte del año 1994 con dos ataques que involucraron aeroplanos para impactar edificios en Estados Unidos, incluye un desglose detallado puntos para setiembre de 2001 y se extiende hasta la publicación del informe oficial titulado The 9-11 Commision Report en 2006.

Obras citadas.

Baudrillard, J. (2004). La violencia de lo mundial. En J. Baudrillard, & J. Morin, La violencia del mundo (págs. 11-43). Barcelona, España: Ediciones Paidós Ibérica.

Black Square. (13 de 04 de 2016). Black Square. Obtenido de Form & barbarism: http://www.black-square.eu/news/2016/4/13/form-barbarism

de Quincey, T. (2008). El asesinato considerado como una de las bellas artes. Salamanca: Ediciones Espuela de Plata.

Hänggi, C. (2011). Stockhausen at Ground Zero. Recuperado el 2016, de Fillip: fillip.ca

McGarrigle, B. (22 de 05 de 2013). The Scottish Castles Association. Recuperado el 2016, de The destruction of Chateau de Coucy in 1917: http://scottishcastlesassociation.com/news-articles/articles/chateau-de-coucy-destruction.htm